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lunes, 2 de julio de 2018

Santo del día: San Liberato abad y compañeros mártires


Durante la persecución desencadenada por los vándalos bajo el rey arriano Hunnerico, (Siglo V), Liberato, abad, Bonifacio, diácono, Servo y Rústico, subdiáconos, Rogato y Septimio, monjes, y el niño Máximo, -- quienes en Cartago,-- por confesar la verdadera fe católica y un solo bautismo, fueron sometidos a crueles tormentos, clavados a los maderos con los que iban a ser quemados y golpeados con remos hasta que sus cabezas quedaron deshechas, triunfando ellos brillantemente, por lo que merecieron ser coronados por el Señor.

Fuente: Santopedia


martes, 26 de junio de 2018

San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador

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Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en Barbastro (Huesca) en 1902. Murió en Roma el 26 de junio de 1975. Hijo de José y de Dolores, que se habían casado en 1898 y que tuvieron seis hijos.

Decidió hacerse sacerdote diocesano para estar con plena disponibilidad al querer divino sólo intuido. Alternó los estudios de Derecho en la Universidad de Zaragoza con los de Filosofía y Teología en el seminario. Se ordenó sacerdote el 28 de marzo de 1925.

El 2 de octubre de 1928 fundó, en Madrid, el Opus Dei, que abre un nuevo camino de santificación en medio del mundo a través del trabajo profesional en el cumplimiento heroico de los deberes personales, familiares y sociales.

La misión encomendada era colosal, sólo limitada por la misma extensión del mundo y por sus millones de habitantes. Aquello sólo era posible con una profunda vida interior; hacía falta mucha oración y abundante mortificación.

El desarrollo de la labor que Dios quería que hiciera no tenía camino jurídico dentro del organismo de la Iglesia. Era un proyecto universal eminentemente laical, y hasta entonces el derecho eclesiástico se limitaba en lo universal a la regulación de las familias clericales o de religiosos.
Desarrolló una prodigiosa actividad, por más de cuarenta años, en medio de numerosas dificultades de todo tipo, donde no faltaron incomprensiones y calumnias; sufrió el recelo de personas.

Su enamoramiento de Jesucristo en la Eucaristía, la filial devoción a la Virgen santísima y a san José, y la complicidad de los Ángeles hicieron posible que llevara con fe, alegría y buen humor esta «persecución de los buenos» como él la llamó.

La Prelatura del Opus Dei está extendida por los cinco continentes y cientos de miles de fieles acuden a la intercesión del beato Josemaría, que dejó, además de sus libros La Abadesa de las Huelgas (estudio histórico-jurídico), Camino, Surco, Forja, Amigos de Dios, Es Cristo que pasa y numerosas Cartas, un millar de hijos suyos sacerdotes a su muerte, y... ¿sabes?, le gustaba bendecir las guitarras de los jóvenes.


Evangelio del día

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sábado, 23 de junio de 2018

San José, ¡el victorioso!

La niña rezaba todos los días, creyendo que San José enseguida la curaría. No obstante, los años pasaban y continuaba ciega. ¿Sería que la promesa no se cumpliría?


La majestuosidad del castillo proclamaba el coraje y la gallardía de sus señores. Enclavado en lo alto de unas montañas rocosas, aparecía incólume a la intemperie y al desgaste implacable de los siglos. Sus paredes, si pudieran hablar, tendrían interesantísimas historias que contar en interminables veladas.

Uno de los episodios más atrayentes narrados en las reuniones familiares había ocurrido muchas generaciones atrás, cuando tuvo lugar la dedicación de la capilla en honor de San José. Fue el resultado de una promesa que hizo el duque si su ejército ganaba una importante batalla, lo que dio origen a la entrañable devoción de su linaje al Patriarca de la Iglesia.

Pero después de tantos años sin que las inclemencias del tiempo consiguieran sacudir las piedras de la fortaleza, ni perturbar el sosiego de sus ilustres habitantes, el infortunio les alcanzó de una forma terrible: pasaban los años sin que Dios le concediera a la actual castellana la dádiva de un heredero. Su valiosa estirpe corría el riesgo de ser borrada de la Historia.

¿Cómo solucionar tamaña aflicción? Todos los remedios naturales habían sido experimentados, en vano… Era el momento de recurrir a San José, especial protector de la familia y príncipe de la casa de David.

Sin desanimarse, el duque y la duquesa consagraron su matrimonio al esposo virginal de María y confiaban en un milagro. Tras un largo período de incesantes oraciones, he aquí que en breve les nacería un hijo. ¡Qué gozo en aquel hogar! Sin embargo, quiso la Divina Providencia someterlos a otra prueba, quizá más dura que la anterior: tuvieron una niña… ciega.

Ante esta adversidad, el piadoso matrimonio reaccionó con gratitud, serenidad y confianza. Gratitud por haber sido escuchadas sus oraciones: serenidad para vencer la nueva prueba que les había sido enviada, porque sabían que todo concurre para el bien de los que aman a Dios; y confianza porque nunca se oyó decir que nadie que haya acudido a la protección de la Santísima Virgen o a la de San José fuera desamparado.

La pequeña Catalina, aunque ciega, era una niña encantadora. Sus padres la educaron con esmero y a medida que iba creciendo perfeccionaba sus numerosos talentos. Tenía una voz cautivante y conversaba de forma tan amena, atrayente y elevada, que casi se olvidaba de su defecto visual. No sólo era muy inteligente, sino también viva, perspicaz y dotada de fuerza de voluntad sin igual para superar los obstáculos ocasionados por su discapacidad.

Más importante que todo eso era su piedad ejemplar. Era capaz de quedarse horas en la capilla del castillo en oración. Le pedía a San José sobre todo que le concediera la gracia de poder ver algún día, pero con una salvedad: si por desventura llegara a ofender a Dios con su vista, prefería continuar ciega. Había grabado a fuego en su alma lo que su noble madre le enseñó durante las clases de catecismo, que el pecado afea el alma y nos convierte en enemigos de Dios, de los santos y de los ángeles.

Cuando sólo contaba con 10 años, la niña percibió a alguien a su lado mientras estaba jugando en el jardín del castillo. Como no podía ver, extendió sus manos para intentar tocar a quien se encontraba allí. Sintió otras manos más grandes, fuertes y suaves que apretaban las suyas con cariño, y oyó la voz de un varón que le decía con bondad:

—No te aflijas, Catalina. En poco tiempo te curaré… Ve a la sacristía y pídele al capellán una oración, la cual deberás rezar todos los días.

Catalina hizo lo que el afable desconocido le había indicado. Cuando se encontró con el sacerdote le pidió una oración y el buen cura hizo que la repitiera hasta memorizarla:
Oh glorioso San José, vos que tuvisteis tantas perplejidades durante vuestra vida, enseñadme a sufrir con alegría y amor a Dios para que, al final de esta vida terrena, pueda verlo cara a cara en el Cielo.

La niña empezó a rezarla todos los días, con la firme esperanza de que San José la curaría enseguida.
No obstante, pasaba el tiempo y… para confusión de Catalina, ¡continuaba ciega! ¿Habría sido la voz del glorioso padre adoptivo de Jesús la que habría oído? Incluso en el aparente abandono, ella seguía creyendo en aquellas palabras.

Transcurrieron unos meses y sobre el reino se desató un período de conflictos y guerras. Para defender su ducado, el padre de Catalina se vio obligado a arrostrar una batalla más ardua que cualesquiera de las enfrentadas por sus antepasados.

Antes de entrar en combate, el duque y sus soldados se encomendaron a la poderosa protección de San José, que tantas veces les había librado de situaciones difíciles, y fueron al encuentro del enemigo. Catalina y su madre permanecían en un mirador del castillo desde donde se divisaba buena parte del campo de batalla.

La duquesa iba contándole a su hija lo que avistaba del transcurso de la contienda y rezaba con fervor. Sin embargo, la desproporción de fuerzas era tal que la derrota parecía inevitable. Llevada por un gran arrebato, Catalina le propuso a su madre que hicieran una promesa más: si el ejército de su familia saliera victorioso, consagrarían el ducado a San José.


Acto seguido, un destello brilló en el cielo y los ojos de Catalina se abrieron a la luz del día. De lo alto de la torre ahora veía no sólo a los batallones luchando, sino también a un inmenso escuadrón de ángeles revestidos de armaduras, con escudos y espadas en sus manos, que bajaba del Cielo por orden de San José, a fin de auxiliar a su padre en la lucha.

A esas alturas los soldados del duque continuaban combatiendo con bravura, incluso bajo la amenaza de salir derrotados. De repente, oyeron gritos de terror y toques de retirada. El enemigo retrocedía sin explicación humana alguna.

Al llegar a la ciudadela, todo el pueblo los estaba esperando, encabezado por la duquesa y Catalina, ¡completamente curada! Entonces se celebró una solemne Misa en acción de gracias, en la que se consagró todo el ducado a San José, ¡el victorioso! Y quedó registrado en los anales de la dinastía ducal este otro estupendo y milagroso triunfo.

Revista Heraldos del EvangelioCarolina Amorim Zandoná

http://chile.blog.arautos.org/2018/03/san-jose-el-victorioso

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Lágrimas, milagroso aviso

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Redacción (Gaudium Press) "Lágrimas, milagroso aviso", era el título que Plinio Corrêa de Oliviera le colocara a un artículo del 6 de agosto de 1972 en el prestigioso matutino "La Folha de São Paulo", comentando una de las lacrimaciones ocurridas con la Imagen Peregrina Internacional de Nuestra Señora de Fátima en Nueva Orleans. Afirmaba: "El misterioso llanto nos muestra a la Virgen de Fátima llorando sobre el mundo contemporáneo, como otrora Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén. Lágrimas de afecto tiernísimo, lágrimas de profundo dolor". Era una invitación a los hombres del siglo XX, continuaba, "para que renuncien a la impiedad y a la corrupción".

Fenómeno similar ocurrió en Siracusa (Sicilia, Italia, 29-8-1953) con una imagen, medio busto de yeso, del Inmaculado Corazón de María, reconocido - después de estudios realizados - por los Obispos de Sicilia (13-12-53), y citado en un mensaje radiofónico del Papa Pío XII al Congreso Mariano Regional realizado el 17 de octubre de 1954. Expandía su corazón el Santo Padre diciendo: "¡Oh las lágrimas de María! ¿Comprenderán los hombres el misterioso lenguaje de aquellas lágrimas? ¿Llora por tantos hijos, en los cuales el error y la culpa han apagado la vida de la gracia, y que gravemente ofenden la majestad Divina? ¿O son lágrimas de espera por la tardanza en el retorno de otros hijos, otrora fieles, y ahora arrastrados por falsos espejismos salidos dentro de las hileras de los enemigos de Dios?". Hoy en día, el busto de la ahora llamada Nuestra Señora de las Lágrimas, se encuentra en un gran Santuario de la ciudad del acontecimiento. San Juan Pablo II llegó a visitar el lugar cuando era joven obispo en 1964.

Esta introducción me lleva ahora a referirme al impresionante fenómeno ocurrido, entre el 21 y el 26 de abril de este año, con imágenes peregrinas de Nuestra Señora de Fátima que son veneradas en casas de los Heraldos del Evangelio de Costa Rica y Guatemala, y llevadas en diversas actividades evangelizadoras. Imágenes que presentan a la Virgen María tal como se manifestó en Cova da Iría a los tres pastorcitos, unas con las manos puestas en actitud de oración, otras mostrando su Inmaculado Corazón rodeado de espinas.

Numerosos testigos constataron la veracidad de los hechos. El inicio de una de las lacrimaciones fue contemplado por siete personas adultas, entre ellas un juez letrado, que dejaron su testimonio escrito de puño y letra.

Acontecimientos cargados de simbolismo ante los cuales alguno podrá exigir "pruebas científicas". A estos, le dispensamos la lectura de este artículo, extraído en la mayoría de sus partes de la revista Heraldos del Evangelio del mes de junio de este año.

Quienes sean escépticos, positivistas y racionalistas, no pierdan su tiempo, como nosotros no lo perderemos en probar que las lacrimaciones no son producto de una farsa. Tan aberrante nos es la hipótesis de simular un milagro que no nos ocuparemos de refutarla.

Basta contemplar el sereno rostro de María, regado por dulces lágrimas, para infundir en los corazones de sus hijos la certeza de que la Madre de Dios y de los hombres nos trae algún recado.

El artículo de la citada revista "Lágrimas de María: un mensaje del Cielo" nos va llevando, con claridad, profundidad y espíritu filial, a interpretar el mensaje de la Virgen. "Muchas son las razones que pueden llevar a alguien a llorar. Miedo, tristeza, dolor, indignación, emoción o alegría, suelen ser las más frecuentes".

¿Cuáles son los sentimientos que pueden estar en la causa del llanto de la Señora de Fátima?

"Ciertamente -continúa- no llora de miedo. Pues, aunque los potentados del mundo y de los infiernos se conjugaran para combatirla, una sola gota de sus lágrimas sería suficiente para vencer todas las armas y bombas atómicas de la faz de la tierra".

Se interroga después si habrá sido de tristeza, a lo que responde: "Sí que puede llorar, porque hace cien años les reveló a los hombres el camino de la felicidad, de la tranquilidad y de la paz y no fue oída. ¡Ah, si hubiéramos escuchado los mensajes de Cova da Iría, cuán diferente sería el mundo!". "Pero ¿no habrá en ese llanto de la Madre de Dios algo similar al dolor de Nuestro Señor Jesucristo ante la Ciudad Santa?: ¡Si reconocieras hoy lo que conduce a la paz!" (Lc 19, 41-44).

Otra hipótesis levanta el artículo, que podría parecer absurda, de que las lágrimas de la Reina de los Ángeles hayan sido de indignación. Razones tendría; reflexionemos...: "La Virgen se digna aparecer en Fátima y, rebosando de afecto y bondad, les trasmite un mensaje a sus hijos. Pues bien, hubo quien sofocó sus palabras e incluso quien transformó su mensaje en un secreto. ¿Qué madre no se indignaría contra el que saboteara su intento de salvar un hijo en peligro? Imaginemos entonces el sentimiento de la Madre de las madres al ver a sus hijos e hijas rumbo a la perdición a causa del silencio y omisión de aquellos que deberían haber predicado al mundo su mensaje de salvación". Todo esto, sin duda, hace llorar a María. Aunque el motivo principal de sus lágrimas parece ser otro.

Quien ha tenido la oportunidad de detenerse ante cualquiera de las imágenes que lagrimearon, llega a la conclusión, sin dificultad, de que: ¡María llora de alegría!

"Si, ¡de alegría! Pues a pesar de todos los intentos de los infiernos en ocultar sus avisos, la Señora de Fátima atravesó victoriosa un siglo, y hoy nos vuelve a hablar, ya no con palabras que puedan ser escondidas, sino mediante el elocuente lenguaje de las lágrimas, las cuales no serán puestas en secreto".

Termina el artículo con la afirmación de la misión que nos toca en estos momentos: "Queremos proclamar encima de todos los tejados, en lo alto de todas las torres, a cuatro vientos: ¡Hombres y mujeres, prestad atención, el Mensaje de Fátima no está escondido! Por el contrario, brilla más que nunca, pues hubo en el mundo quien asumió la misión de encarnarlo, recordándole a la humanidad las advertencias de la Madre de Dios y pregonando la victoria de María".

Con ese llanto es como si la Virgen nos sonriera diciéndonos con maternal afecto: "¡Hijos e hijas mías, unamos nuestras lágrimas! ¡Lloremos juntos por la triste situación de este mundo que mi Divino Hijo y yo tanto amamos! ¡Lamentemos los innumerables pecados constantemente cometidos contra el Buen Dios! Pero, sobre todo, ¡tened confianza! Y tratad de ver en mis lágrimas no el llanto de la derrota, sino la emoción y el júbilo de confirmaros y repetir mi promesa: ‘Puede parecer que el mal está venciendo sobre la tierra y que el bien aparente ya no tiene fuerzas. ¡No desaniméis! ¡Confiad, confiad, confiad, pues en breve, mi Inmaculado Corazón triunfará!'", concluye con elocuencia.

Es lo que les quería trasmitir. Que la foto de la lacrimación de una de las imágenes peregrinas de Fátima les abra los horizontes de un futuro promisor, en el mundo convulsionado y desesperanzado que vivimos.

https://es.gaudiumpress.org/content/96017-Lagrimas--milagroso-aviso

lunes, 9 de marzo de 2015

Santa Francisca Romana


 Santa Francisca, religiosa, que casada aún adolescente, vivió cuarenta años en matrimonio, siendo excelente esposa y madre de familia, admirable por su piedad, humildad y paciencia. En tiempos calamitosos distribuyó sus bienes entre los pobres, asistió a los atribulados y, al quedar viuda, se retiró a vivir entre las oblatas que ella había reunido bajo la Regla de san Benito, en Roma.


Santopedia

domingo, 1 de febrero de 2015

Santo del día: Santa Brígida de Irlanda

Parece una contradicción, pero a pesar de su gran fama que la hace pasar por la santa más conocida de Irlanda y de estar unidos a su figura gran cantidad de elementos festivos y folclóricos se conocen muy pocos hechos históricos sobre su vida.

Fue Cogitosus que vivió del 620 al 680 su primer biógrafo, pero -lastimosamente- poco escribe acerca de la vida terrena de la santa; su escrito se pierde en descripciones sociales y religiosas en torno al monasterio de Kindale, probablemente mixto y con jurisdicción casi-episcopal, fundado por Brígida.

También existen himnos y poemas irlandeses de los siglos VII y VIII que en sí mismos testimonian el culto que se tributaba a la santa irlandesa.

Un poco más adelante, el obispo de Fiésole, Donatus, a mitad del siglo IX, escribe su vida en verso y este debió ser el vehículo de la rápida difusión de su culto por Europa.

Pero de esta carencia de datos que impiden el diseño de un perfil hagiográfico completo; la religiosidad popular y el calor de las gentes por su santa ha suplido con creces la grandeza de su vida fiel al Evangelio y entregada a su vocación religiosa.

Del hecho de pertenecer Brígida a una tribu inferior en su tiempo, concretamente la de Forthairt, la fantasía la hace nacer del fruto de la unión -extraña al matrimonio- de su padre, Duptaco, con una bellísima esclava, con todos los problemas que esto produce en el entorno familiar legítimo, desde el disgusto de la esposa hasta la proposición de su venta. Claro que de esto se sacará la noble lección de que Dios puede tener planes insospechados para los espurios inculpables que pueden llegar a las cimas más altas de la santidad y dejar tras de sí una estela de bien para la gente.

Heredada la extrahermosura de su madre, para no ser ocasión de pecado y no ser ya más pedida en matrimonio, pide a Dios que la haga fea. ¿Para qué quiere la hermosura quien sólo piensa en Dios? Ha decidido entrar en religión. Derrama lágrimas abundantes y son escuchados sus ruegos con un reventón del ojo; por este favor da gracias a Dios que luego le devuelve todo su esplendor. La lección está clara: quien posee al Amor desprecia lo que a tantas vuelve locas y vanas para alcanzar un amor.

También los pobres están presentes en el relato; no podría concebirse santidad sin caridad. Y ahora es la vaca su cómplice; nunca se secaron las ubres, una y otra vez ordeñadas por Brígida, cuando había que remediar a un menesteroso. La vaca ha quedado presente, como emblema, en las representaciones pictóricas de los artistas, junto a la imagen de la santa.

Y aún hay más; sí, son inagotables los relatos de bondades. Se habla de leprosos curados y de monjas tibias descubiertas; la muda Doria comienza a hablar y termina sus días como religiosa en el convento; frustra asesinatos; da vista a ciegos y... como expresión del estilo de un pueblo ¡convierte el agua de su baño en cerveza para apagar la sed!

Los himnos, versos, poemas y canciones populares -con sencillez y regocijo- muestran el calor de un pueblo por su santa y dice con sus leyes lo que las de la crítica histórica ni pueden ni debe decir.

Catholic.net

lunes, 20 de agosto de 2012

Santo del día: San Bernardo de Claraval, Abad y Doctor de la Iglesia


Memoria de san Bernardo, abad y doctor de la Iglesia, el cual, habiendo ingresado con treinta compañeros en el nuevo monasterio del Cister, fue después fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux (Claraval), dirigiendo sabiamente a los monjes por el camino de los mandamientos del Señor, con su vida, su doctrina y su ejemplo. Recorrió una y otra vez Europa para restablecer la paz y la unidad e iluminó a la Iglesia con sus escritos y sabios consejos, hasta que descansó en el Señor cerca de Langres, en Francia.

Hoy la Iglesia celebra la memoria litúrgica de san Bernardo. Nacido en 1091, ingresó en la Orden del Císter a los 22 años de edad y falleció a los 63, tras 40 de vida religiosa y 38 de abadiato. Los numerosos milagros obrados por Dios en torno de su sepulcro motivaron la canonización, veinte años después.

En el seno de una de las familias más religiosas de su tiempo Bernardo empezó a conocer a Jesús y a la que más tarde será el objeto de sus escritos mejores y más inspirados, la Virgen María. En su juventud todo su ser le empujaba a conseguir triunfos fáciles en el mundo; pero Dios le tenía destinado para cosas mejores. El mismo afán de perfección le llevó al acto más decisivo de su vida: abandonar el mundo con todos sus encantos, delicias, promesas y posibilidades de éxito, e ingresar en el monasterio de Citeaux.

En esta decisión trascendental, aparece ya una de las características de su espíritu y vocación: la orientación social y apostólica de todos sus actos. Decide hacerse monje, pero no lo hará solo; con él irán otros treinta compañeros, entre ellos algunos hermanos y parientes. Dos años después -tenía Bernardo sólo veinticinco-, se encarga ya de fundar un monasterio del que ha sido nombrado abad, y aparece en escena uno de los cenobios más gloriosos de la Europa del medioevo: Claraval.

Claraval es el cenáculo donde Bernardo forja su santidad. Entre la oración, la penitencia que ha de comprometer pronto su salud, y la lectura de los libros sagrados, consume el poco tiempo que le deja libre su cargo abacial. Cuida de todos, es el buen padre que San Benito deseaba para sus monjes y ve cómo rápidamente su comunidad crece. Atraídos por la fama de su santidad, acuden a él las personalidades de su tiempo, y pronto la reforma cisterciense que hasta su llegada a Citeaux parecía condenada a perecer, llega a tener trescientos monasterios extendidos por los lugares más diferentes de Europa.

Los reyes y los nobles protegen la naciente Orden, y los Papas y obispos le conceden grandes privilegios, deseosos de que en toda Europa renazca el genuino espíritu cristiano. Pero, en el plan divino, Bernardo no ha de ser sólo un buen abad, un santo abad que cuide a sus monjes como hijos y que administre con justicia el monasterio y conduzca sus moradores a la perfección cristiana; Bernardo debe convertirse en el apóstol de Europa, el árbitro de la Cristiandad.

Estamos en la primera mitad del siglo XII, siglo atormentado por las herejías y los cismas. Los doctores y altas autoridades de la Iglesia se hallan divididos por razones e intereses demasiado humanos, y Bernardo, el humilde monje, ya de precaria salud, que sólo desea la paz del claustro para poseer más y más a Dios, tendrá que intervenir para restablecer el orden.

Dirime la disputa entre su Orden y los Cluniacenses, usando al mismo tiempo la máxima energía y la más profunda humildad; asiste al Concilio de Troyes para organizar la Orden de los Templarios y dictar su regla; interviene en el cisma levantado por Anacleto II contra Inocencio II, logrando con una actividad rápida y eficaz que todos los reyes y príncipes europeos reconozcan a este último como Papa legítimo y que el antipapa llegue a humillarse postrándose a los pies del verdadero sucesor de Pedro.

Donde mejor aparece su clarividencia, energía y entrega para la causa de la verdad, es en la condenación de los errores de Abelardo, Arnal de Brescia y Gilberto de la Porrée. Extracta sus ideas y consigue que la competente autoridad eclesiástica las condene para prevenir su difusión; pero no se deja cegar por el triunfo, y, llevado por la caridad, no abandona a los herejes, sino que intenta que vuelvan a la verdadera fe de Cristo.

En estas largas discusiones, su dialéctica, capaz de deshacer el error más solapado y al enemigo más tenaz, se hizo patente. Enfermo ya y desgastado por las duras penitencias y difíciles empresas apostólicas, fiel a la invitación de Eugenio III, se dedica a predicar la segunda cruzada a los Santos Lugares. Era el año 1146. Después de recorrer gran parte de Francia y Alemania, consigue reunir un gran ejército de cruzados de todas las naciones europeas.

Pero desengañado por el escaso fruto obtenido por la cruzada, debido en gran parte a las múltiples intrigas de los mismos príncipes cristianos, decide finalmente volver al retiro de Claraval, al claustro donde se ha formado para la lucha y donde ha de rendir cuenta de sus actos a Dios, en la primavera del año 1153. Pero no fue en todas estas proezas donde Bernardo se santificó, sino en la continua lucha que sostuvo toda su vida para ser dueño de sí mismo. Era de carácter enérgico, exigente y exaltado, y se convirtió en el hombre más dulce, más comprensivo, el que ha sabido destilar más miel en sus escritos, el único que ha merecido el título de "Doctor Melifluo".

Bernardo de Fontaines nos ha dejado muchos libros y sermones. Entre ellos sobresalen los que comentan el "Cantar de los Cantares", admirables por la altura de su mística. Cuando habla de Jesús y de su Madre Santísima, escribe lo mejor que se conoce en la literatura cristiana. Por todo ello también ha recibido el título de "último de los Padres de la Iglesia". 

Radio Vaticano

martes, 17 de abril de 2012

Beata Kateri (Catalina) Tekakwitha, Vírgen

Kateri nació en un pueblo cerca de Auriesville, Nueva York en el año 1656 y era hija de un luchador de la tribu Mohawk. Ella tenía cuatro años cuando su madre murió de rubéola. Esta enfermedad también atacó a Kateri y desfiguró su rostro. Luego de este evento que marcó toda su vida Kateri fue adoptada por sus dos tías y su tío.

Kateri se convirtió al catolicismo durante su adolescencia. Ella fue bautizada a los veinte años y esto ocasionó una gran hostilidad hacia ella por parte de su tribu. Aunque tuvo que sufrir grandemente por su fe, ella se mantuvo firme en sus creencias.

Después de un tiempo Kateri se fue a una nueva colonia indígena en Canadá. Allí, ella vivió una vida dedicada a la oración, a la penitencia y al cuidado de los enfermos y ancianos. Cada mañana, aun durante los inviernos más fuertes, ella se instalaba frente a la puerta de la capilla hasta que la abriesen, a las cuatro de la mañana, y se mantenía ahí hasta la ultima misa del día.

Kateri era muy devota a la Eucaristía y a Jesús Crucificado. Murió el 7 de Abril de 1680 a la edad de 24 años y es conocida como la Flor de Pascua de los Mohawks. A la devoción de Kateri se le atribuye el establecimiento de ministerios para las tribus indígenas en las Iglesias católicas de los Estados Unidos. Kateri fue declarada venerable por la Iglesia Católica en 1943 y fue beatificada en 1980.

Actualmente se está trabajando en el proceso para su canonización. Miles de personas han visitado sus santuarios, erguidos en San Francisco Javier y en Caughnawage, lugar natal en Auriesville, Nueva York. Hoy en día siguen habiendo grandes peregrinaciones a estos lugares históricos y de gran importancia espiritual.

La beata Kateri Tekakwitha es la primera Indígena Americana declarada beata. Su festividad se celebra el 14 de julio en los Estados Unidos y el 17 de abril en Canadá.


Catholic.net

viernes, 24 de febrero de 2012

Santo del día: San Modesto

El pastor de Tréveris trabaja y se desvive por los fieles de Jesucristo, allá por el siglo V. Lo presentan los escritos narradores de su vida adornado con todas las virtudes que debe llevar consigo un obispo.

Modesto es un buen obispo que se encuentra con un pueblo invadido y su población asolada por los reyes francos Merboco y Quildeberto. A su gente le pasa lo que suele suceder como consecuencia del desastre de las guerras.

Se refugia en la oración; allí gime en la presencia de Dios, pidiendo y suplicando que aplaque su ira. Apoya el ruego con generosa penitencia; llora los pecados de su pueblo y ayuna.

Lo que parecía imposible se realiza. Hay un cambio entre los fieles que supo ganar con paciencia y amabilidad. Ahora es el pueblo quien busca a su obispo porque quiere gustar más de los misterios de la fe. Ya estuvieron sobrado tiempo siendo rudos, ignorantes y groseros.

Murió el 24 de febrero del año 486.

Evangelio del día

jueves, 23 de febrero de 2012

Santo Policarpo de Esmirna, Obispo y Mártir

Martirologio Romano: Memoria de san Policarpo, obispo y mártir, discípulo de san Juan y el último de los testigos de los tiempos apostólicos, que en tiempo de los emperadores Marco Antonino y Lucio Aurelio Cómodo, cuando contaba ya casi noventa años, fue quemado vivo en el anfiteatro de Esmirna, en Asia, en presencia del procónsul y del pueblo, mientras daba gracias a Dios Padre por haberle contado entre los mártires y dejado participar del cáliz de Cristo (c. 155).

San Policarpo, obispo de Esmirna, conoció de cerca al apóstol Juan y a los otros que habían vista al Señor”, y fue “instruido por testigos oculares de la vida del Verbo”. Por eso él se presenta a nosotros como el testigo de la vida apostólica y como el hombre de la tradición viva “siempre de acuerdo con las Escrituras”. Los trozos citados pertenecen a una carta suya a los cristianos de Filipos en Macedonia, que le habían pedido alguna exhortación y la copia de eventuales cartas del santo obispo de Antioquía, Ignacio, del que él había sido amigo.

Policarpo era sobre todo un hombre de gobierno. No tenía la cualidad de escritor y pensador como San Ignacio, ni deseaba como él ser “triturado” por las fieras del circo para “llegar a Dios”. Al contrario, se mantuvo escondido “a causa de la humilde desconfianza en sí mismo”. Era anciano y sabía que no se podía confiar mucho en sus fuerzas. Pero cuando fue descubierto en un granero y reconducido a la ciudad, demostró la serena valentía de su fe.

Conocemos la conmovedora conclusión de su vida gracias a un documento fechado un año después del martirio de San Policarpo, que tuvo lugar el 23 de febrero del año 155. Es una carta de la “Iglesia de Dios peregrinante en Esmirna, a la Iglesia de Dios peregrinante en Filomelio y también a todas las parroquias de cualquier lugar de la Iglesia santa y católica”. Es una narración muy importante bajo el aspecto histórico, hagiográfico y litúrgico. Al procónsul Stazio Quadrato, que lo exhorta a renegar de Jesús, contesta moviendo la cabeza: “Desde hace 86 años lo sirvo y nunca me ha hecho ningún mal: ¿cómo podría blasfemar de mi Rey que me ha redimido?”. “Te puedo hacer quemar vivo”, insiste el procónsul. Y Policarpo: “EL fuego con que me amenazas quema por un momento, después pasa; yo en cambio temo el fuego eterno de la condenación”.

Mientras en el anfiteatro de Esmirna se está quemando vivo, “no como una carne que se asa, sino como un pan que se cocina”, el mártir eleva al Señor una estupenda oración, breve pero intensa: “Bendito seas siempre, oh Señor; que tu nombre adorable sea glorificado por todos los siglos, por Jesucristo pontífice eterno y omnipotente, y que se te rinda todo el honor con él y con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos”. De improviso ese cuerpo quemado quedó reducido a cenizas. “A pesar de esto – escribe el autor de esa carta, que recomienda hacer leer a las otras Iglesias – nosotros recogimos uno que otro hueso, que conservamos como oro y piedras preciosas”.


Catholic.net

martes, 20 de diciembre de 2011

San Edmundo

San Edmundo/Foto: @santiebeati.it
El último rey de Estanglia, tal vez sucesor de Offa en el 855, una figura que se adornó póstumamente con todos los elogios concebibles («virtuoso, caritativo, humilde desde sus tiernos años», sin olvidar que «su rostro hermoso era de ángel más que de hombre»)

La desdicha idealizó a este monarca que en el 869 tuvo que hacer frente a una invasión de daneses que se instalaron en Thetford, Norfold. Edmundo les atacó con su ejército, fue derrotado y murió posiblemente después de que le hicieran prisionero sus enemigos.

Relatos más tardíos suponen que le azotaron y que luego fue asaeteado hasta que «no hallando ya lugar en el santo cuerpo para nuevas heridas, por una misma herida entraban de nuevo muchas saetas, tantas que causaba horror y compasión mirarlo, porque parecía un erizo, siendo otro nuevo san Sebastián»

Según la leyenda, sus súbditos acabaron encontrando su cuerpo, pero la cabeza del rey no aparecía, hasta que en medio de los campos oyeron una voz que gritaba: «Aquí estoy» Cómo siguieran sin verla y todos preguntasen «¿Donde estás?», la cabeza respondió tres veces: «Here, here, here», o sea, «Aquí, aquí, aquí», hasta orientarles en su búsqueda.

Venerado como mártir, su culto fue muy popular en la Inglaterra medieval, y sus reliquias se conservaron en Bury Saint Edmunds, en West Sufflok, donde en el año 1020 se fundó una gran abadía. Su atributo es una flecha.

Evangelio del día

domingo, 2 de octubre de 2011

Santos Ángeles Custodios


La fiesta de 29 de septiembre nos asociaba a los ángeles en aquello que es lo fundamental de su vocación. Pero la Memoria de los Ángeles Custodios nos trae también el recuerdo de otra función de los ángeles: la de mantener cerca de los hombres una presencia fraternal.



En efecto: «Dios, en su Providencia amorosa, se ha dignado enviar para nuestra custodia a sus santos ángeles». El Antiguo Testamento evoca con frecuencia la intervención de algún ángel para guiar a los patriarcas en sus peregrinaciones o para proteger al pueblo de Dios cuando éste entra en la tierra de Canaán; y el Salmo 90 nos hace cantar: "A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en sus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra". 

También Jesús hablaría de esa asistencia, de los ángeles. Al recordar la dignidad de los niños, declara: «Sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial». Por consiguiente, apoyándonos en sus propias palabras, le pedimos al Señor que nos veamos «Siempre defendidos por la protección de los ángeles Y gocemos eternamente de su compañía».«Dios te enviará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos», dice el salmo 91.

Antes, a los niños, después de enseñarles a rezar a Dios y a la Virgen María, se les enseñaba a invocar todas las noches al ángel de la Guarda, hermano mayor espiritual, compañero aventajado por la visión de Dios, tutor, guía, centinela, escudo, discretísimo e invisible maestro en los peligros cotidianos, aliento, aguijón, consejo, confidencia. 

Y esa figura angélica - venerada en la Iglesia por lo menos desde hace quince siglos -, acoplada a nuestra debilidad como un plus sobrenatural de sostén y ayuda, aunque hoy se quiera relegar a la nursery, junto con mitos vigorosos y consoladores de hadas y enanos buenos, sigue siendo un punto de la fe para chicos y grandes. 

Delegados celestiales junto a nosotros, para creer en los custodios se necesita la fe que hace niños; nos los imaginamos etimológicamente como mensajeros de Dios, radiantes y halados, con una hermosura que no es de este mundo, incondicionales del alma, dulces e inflexibles como un amigo que nos quiere bien, soplando, como apuntadores a lo divino, las inspiraciones más altas. 

«Fuerte compañía - el poeta enmendaba la jaculatoria popular - que no nos desampara ni de día ni de noche, atentos a cada segundo, porque todos son preciosos, de nuestra titubeante existencia, interviniendo en ella con misteriosos aletazos que nos desconciertan. Y sabiendo que al fin nos va a presentar ante el Señor con la serena sonrisa del trabajo bien hecho (y en silencio) para que podamos llegar de su mano a la Ciudad de la Luz.

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